Hasta hoy todo indica que los animales humanos, pertenecemos al grupo de los grandes simios y que, de alguna manera ignota hasta hoy, descendemos de ellos. A la manera ignota se le suele llamar “El eslabón perdido”. Decía el filosofo alemán Friederich Nietzsche, que los monos son demasiado buenos para que el hombre descienda de ellos, y, en mi opinión, no estaba falto de razón. En cualquier caso, ese eslabón perdido tan buscado, que posibilitaría una refutación absoluta de la teoría Darwinista, o una absoluta aceptación de la misma, sigue sin ser hallado; de manera que evolucionistas y creacionistas se siguen devanando los sesos con lo del dichoso eslabón, aunque para los creacionistas es más fácil, porque con decir que fue Dios quien lo creo todo, se acaba la cuestión.
Hace un par de años, se identificó un gen que puede ser el responsable del aumento de la capacidad cognitiva en los grandes simios, incluidos los seres humanos. Y, apenas hace un par de semanas que se ha descubierto que la mutación de un gen pudo haber sido la responsable de las capacidades diferenciales entre los simios y los humanos, fundamentalmente del lenguaje, el aprendizaje complejo y la cognición compleja. Además, parece que esta mutación es privativa de la especie humana, diferenciando así al humano de sus hermanos los grandes simios. “(…) En el nuevo estudio, publicado en "Human Mutation", muestran que la mutación da lugar a una forma determinada de la proteína neuropsina, la cual desempeña un papel crucial en el aprendizaje y la memoria. Esa proteína codificada por el gen mutado, como se ha dicho, sólo se expresa en el sistema nervioso central del ser humano…”. (Lean todo el artículo clicando aquí).
Hoy se sabe que el “secreto” del dichoso eslabón pedido, apunta a la genética, ya que las mutaciones naturales tanto endógenas como las exógenas, han sido -hasta lo que hoy se sabe- las responsables de la evolución; por lo tanto se podría postular que los eslabones perdidos y los saltos evolutivos, no son otra cosa que mutaciones genéticas.
Pero el cascabel del gato es encontrar la causa y el momento preciso de tales mutaciones; porque si bien son conocidos los diferentes tipos de mutación, sus efectos y el cómo se producen las mutaciones, lo que se sabe es que las mutaciones naturales, ya sean exógenas como endógenas, precisan de un determinado tiempo para convertirse en una transformación estable y operable que pueda objetivarse en la conducta y ser observada; pero la realidad es que ese “eslabón perdido” o ese “salto genético” se produjo en un tiempo tan corto que es difícilmente justificable por la ciencia de hoy.
Podemos imaginar –y acabamos de pisar los muy resbaladizos terrenos de la especulación-, que un repentino flujo de una inmensa radiación pudo provocar una serie de mutaciones en los grandes simios, de manera que se tranformaran en humanos; pero esta hipótesis se sostiene muy mal, ya que de haberse producido algo así, habría extinguido tanto a los grandes simios como a la mayor parte de los animales del planeta, como pasó con los dinosurios y otras especies al estrellarse aquel gran meteorito hace sesenta millones de años. Entonces, ¿qué cornos pasó con los grandes simios para que “surgiéramos” casi de repente, nosotros?
Algunas hipótesis sostienen que somos el producto de un experimento alienígena. A lo visto y según los sustentadores de tales cosas, allá por el pleistoceno, hará unos tres millones años más o menos, llegaron a la Tierra especies alienígenas de otras galaxias, altamente inteligentes –lo supongo, porque a ver si no como llegaban hasta aquí- y manipularon genéticamente a los simios. Bueno, en la guerra, en el amor y en la especulación pseudocientífista , todo es posible; a mí, ese tipo de hipótesis me parece un pelín disparatadas, pero quien sabe... Lo cierto es que “el eslabón perdido” sigue siendo un misterio, y que los evolucionistas científicos y los creacionistas metafísicos y religiosos, se siguen quemando las neuronas y tirándose los trastos a la cabeza para ver quien se lleva el gato al agua.
Por mi parte, hasta que no se demuestre lo contrario, me sumo al bando de las tesis científicas evolucionistas y confío en que, tarde o temprano, la ciencia acabará encontrando a ese escurridizo eslabón perdido.